¿Ser ejemplo?

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Recibí la educación primaria (junto con la impartida en el seno de mi familia) en las afueras de la localidad de Morón, en una escuela cuyo nombre comenzaba con “Escuela Agrícola”, nombre que desapareció con el transcurso de los años luego de poblarse densamente toda la zona.

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Año tras año, durante la fiesta de fin de curso de cada año lectivo, se realizaba una entrega de premios a los alumnos de mejor promedio de toda la escuela de cada grado y de cada turno: recuerdo mirar a través de los hombros de mis compañeritos (como se observan aquellas cosas que parecen inalcanzables) la mesa larga completamente cubierta por un mantel de terciopelo rojo donde reposaban todos los banderines con el nombre grabado de cada alumno destacado.

No se bien porqué, pero había un premio por sobre todos que se entregaban, con el que comencé a soñar y a anhelar desde 3º o 4º grado: el premio de mejor compañero. No sé bien si era porque solo se entregaba a un alumno egresante de 7º grado elegido por sus compañeros, no sé si era porque el banderín tenía otro color (distinguía del resto claramente), no sé si era porque se entregaba junto con un libro (“36 oraciones para muchachos”), no sé si lo deseaba más porque era el que más festejaban y aplaudían todos: pero lo quería para mí.

Recuerdo también que al promediar el 6º grado uno de mis compañeros (José Luis, de apellido imposible de deletrear), me dijo durante una excursión: «…el año que viene el premio de mejor compañero lo ganás vos…»

Ya en 7º grado, la votación se realizaba el día del estudiante (en Argentina se celebra el 21 de septiembre): había que escribir en un papel el nombre del compañero elegido, y se arrojaba en una bolsa que la docente iba sacando papel por papel, mientras escribía el nombre de los elegidos en el pizarrón a los que sumaba crucecitas a medida que sumaban votos.

Recuerdo perfectamente las palabras de la señorita Olga, cuando finalizó el recuento de votos: “…Bueno, saluden con un fuerte aplauso al mejor compañero de 1984: Luis…”. Automáticamente estallé en un llanto interminable, me refugié en mi banco, con la cabeza apoyada en mis brazos. Mis compañeros se levantaban de sus pupitres y se acercaban a saludarme, yo seguía llorando mientras solo atenía a decir: Gracias, gracias, gracias…a cada uno. En ese momento mi maestra también me dijo: “…Ahora tenés que ser un ejemplo para tus compañeros…”. Nunca me detuve mucho a pensar en esas palabras: ¿Tenía que ser ejemplo en durante esos tres meses que me quedaban de clases? ¿Me lo decía para mi futuro inmediato o a largo plazo? ¿Qué significaba “ser  ejemplo” de algo?

Años después, luego de formar parte de grupos de jóvenes de la comunidad salesiana, fuí elegido para coordinar a un grupo de adolescentes en un barrio muy humilde, y el sacerdote a cargo esgrimió las siguientes palabras: “…a partir de ahora tenés que ser un ejemplo para estos jóvenes, ellos se van a reflejar en vos…”. Recuerdo que siendo joven estas palabras me dictaron un determinado código de conducta; era un poco más conciente de su significado y del peso de estas palabras.

Más tarde, con poco más de 30 años tuve la posibilidad de liderar por primera vez un equipo de RRHH; mi jefe directo en ese entonces me trasmitió palabras similares a las anteriores: “…esperamos mucho de vos, y como líder tenés que ser ejemplo de tu equipo, y trasmitir lo mismo hacia el resto de la organización…”

Luego de varios años de dedicarme con aciertos y desaciertos a gestionar las Relaciones Laborales, no estoy del todo seguro si desde RRHH debemos dar el ejemplo (no sé si “dar el ejemplo” son las palabras exactas): sí seguramente podemos colaborar mucho a tratar de hacer más fácil el trabajo de los demás, de dar valor y ser un aporte fundamental para alcanzar los objetivos en las organizaciones. Y si sucede que destaca nuestro equipo de trabajo por sobre nosotros, significa que estaremos haciendo las cosas bien. De lo que sí estoy convencido es que no debemos dejar de tratar de disfrutar de nuestra profesión, de nuestra vida y de tratar de no hacer cosas que no nos gustaría que nos hagan a nosotros.

Ser ejemplo de algo puede significar muchas cosas, distinto para cada uno en cada momento: puede ser actuar con responsabilidad, ser leal con aquello que uno cree y tratar de ser un poco mejor cada día.

¿Y Qué significa ser un poco mejor cada día?

No es mi objetivo caer en obviedades, frases hechas o golpes bajos, pero automáticamente dos ejemplos que dejó el GRAN Ernesto Sábato vienen a mi cabeza (por supuesto él se esforzaría en dejar en claro que no pretende ser ejemplo de nada):

“…En un archivo donde colecciono papeles, recortes que me ayudan a vivir, tengo una fotografía del terremoto que destruyó hace años Concepción de Chile: una pobre india, que ha recompuesto precariamente su ranchito hecho de chapas de zinc y de cartones, está barriendo con una escoba ese pedazo de tierra apisonada delante de su casucha. ¡y uno se hace preguntas teológicas!…”

 “… ¿Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena…”

 Muy feliz año 2019 para todos!!

relaclabor@gmail.com

 

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