Cambia, todo cambia (“…y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño…”)

Cambia todo cambia

No es una novedad: el mundo está cambiando un poco más cada día.

El mercado del trabajo está cambiando. La estructura en las organizaciones está cambiando. El sector de Recursos Humanos en las empresas está cambiando. La forma en que se deben gestionar las relaciones gremiales está cambiando. El proceso de reclutamiento en las empresas está cambiando. El tradicional modelo de liderazgo en las empresas está cambiando.

¿Quiénes son los responsables del cambio? ¿Las personas en las organizaciones cambian? ¿Realmente estamos predispuestos a cambiar? ¿Estamos preparados? ¿Contamos con la energía suficiente para proponernos un cambio? ¿Cuáles son las excusas más habituales que mencionamos para evitar cambiar un estado actual con el que no estamos conformes, si es que nos encontramos insatisfechos en algún aspecto?

El razonamiento es muy amplio: estoy mezclando vida personal y vida organizacional, me dirán. Pero entendamos a las organizaciones como sistemas (a veces más abiertos, en ocasiones más cerrados) conformados por personas, donde nos interrelacionamos con otros, que también tratan de actuar como personas (¡!).

Siempre hablamos de la natural reticencia al cambio en las personas, de la importancia de reconocernos limitados en muchos aspectos (¡Cuánto nos gusta hablar de nosotros, de nuestros logros y de todo lo bueno que hacemos!) y de lo mucho que nos cuesta a los adultos de más de 40 años adaptarnos a las nuevas formas en que deben gestionarse las organizaciones para asegurar su supervivencia.

El cambio supone una ruptura de lo anterior, de lo establecido, para dar origen a algo nuevo: y es común que aquello que se rompe, tratemos una y otra vez de remendarlo, hasta que nuestra atadura con alambre no resista más. Es cómodo, más rápido, y nos compromete menos.

Recuerdo un cuento que nos contaron en la Universidad, que ilustraba un perro echado   y aullando quejosamente en la esquina de una granja porque el lugar en el que se encontraba acostado estaba cubierto de espinas, pero no se movía de ese espacio: le molestaba lo necesario para quejarse pero no lo suficiente para moverse…

Se me ocurre pensar en la cantidad de ocasiones en las que me quejé de muchas cosas que me molestaban: quizás no estaba preparado para cambiar, quizás esperaba que alguien lo hiciera por mí, quizás la molestia no era suficiente para impulsar un cambio.

Un colega repite una y otra vez que “la comodidad afecta en igual proporción al éxito”, y es el mismo colega que recientemente me pidió un modelo de mail para saludar al personal por las festividades de navidad y año nuevo…

No soy necio: cuestiones macro limitan nuestro accionar todos los días (y cuánto más cuando las limitaciones están directamente relacionadas con nuestras necesidades básicas). Pero así y todo, el mundo cambió algo desde que comencé a escribir esto, y un poco más desde que alguien leyó este artículo.

Buscar ser inquietos, trabajar y prepararnos para lo inesperado, dentro de lo que nos sea posible, esforzarnos a hacer, ponernos en acción.

Ahora que lo pienso: ¿no será posible que el perro del cuento haya estado atado? (!!!)

relaclabor@gmail.com

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